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26.4.12

DE LAS DESPEDIDAS Y LOS AEROPUERTOS...


Buenos días lectores, déjenme contarles que son las 7 de la mañana con 25 minutos y me encuentro en el Aeropuerto de la ciudad de Villahermosa, Tabasco esperando abordar el avión que me llevará a la ciudad de México por cuestiones laborales… bueno, ese no es el punto importante en este momento. Últimamente se ha vuelto mi afición cuando estoy de visita en el aeropuerto, observar cómo la gente se despide, he pensado que quizá sea una manera enferma de analizar gente pero realmente mi actitud tiene sus ¿por qué´s? Fijo la mirada en el viajero que, ya entrando a la sala de espera de tripulantes, voltea la vista y desde las ventanas que lo permiten, aletea los dedos como impregnando con el maleficio de la nostalgia a quienes deja atrás, hijos, esposa, amante, amigos. Hay separaciones decididamente cursis, teatrales o anheladas (éstas últimas proceden cuando el “despedidor” no desea que quien se va, vuelva); y me vence cierta angustia observar cómo un pasajero se hunde en el túnel de abordaje sin que a sus espaldas nadie lo despida. Esa persona, ciertamente, también carecerá de alguien que lo reciba a su regreso, de alguien que lo extrañe durante su ausencia.
Pero los aeropuertos, escenarios boyantes en adioses, no son la única plaza recurrente del ¡vaya usted con Dios! Las escalinatas del Metro, los terminales terrestres, el borde de la cama desde donde la amante resbala su mano por sobre nuestro pelo mientras con su otra mano se reacomoda el aro que la devuelve al juramento de fidelidad, son teatros de los muchos exilios cotidianos. Y las funerarias, ni se diga, esos feudos de lo irrevocable (no quisiera detenerme en la humedad que rueda por la cara cuando el adiós es una gota salobre desplomándose entre claveles). En fin, existe toda una "tipología" del adiós. Está el sucinto “hasta luego”, el poco formal “chao”, el ejecutivo apretón de manos, hasta las insolencias que vocifera la esposa desencantada para acto seguido batir la puerta y marcharse con sus peroles a otra historia.

Admito que el saludo, la bienvenida, entraña una importancia equivalente al adiós, al extremo que eventualmente ambas cortesías traspapelan sus atribuciones. No saludar, por ejemplo, es una manera muy eficaz de despedirse. Pero el señorío de la despedida radica en su aura enigmático. Cuando a esa persona de la que acabamos de despedirnos se la lleva el ascensor o desaparece tras cruzar la esquina, esa persona pasa a constituir otra modalidad del silencio, una incógnita del destino. Sabrá dios si el tiempo en que no la miramos lo invertirá comprándonos chocolates o urdiendo nuestra aniquilación…

Señores, sépanlo ya: el vacío dejado por la mano que se retira de la nuestra, lo llena a sus anchas el azar.

Claro, hay personas y asuntos de los que nunca podremos despedirnos. Ciertas deudas, una canción, aquellas noches cuya importancia se recuerdan en la piel… cosas para las que no se ha inventado ningún medio de transporte que nos lleve lejos.
En mis crónicas, así como en la vida, aspiro a que quienes parten se despidan llevándose en la boca el tentempié de una sonrisa, más el llamamiento para que pronto volvamos a encontrarnos. No siempre lo logro.

Es hora de abordar mi avión, buenos días!!

Hasta pronto Villahermosa, hola de nuevo Ciudad de México…


TECUAN

10.1.12

FUERA DE LUGAR!!


Me hospedé en un hotel durante un viaje de trabajo y al sentirme un poco solo y con una sensación de libertad que nunca había sentido, decidí llamar a una de esas "empresas de acompañantes", de esas que reparten información a la salida de los aeropuertos en algunos lugares.

Entre los papeles que tenía, encontré a una que se llamaba "Verótica" y después de analizar con cuidado la fotografía, me decidí a llamarla.

Con el “brochure” en mis manos, -que temblaban y sudaban por la expectativa-, levanté el teléfono y marqué el número que indicaba.

ELLA:  -"¡Hola!", contestó una mujer con una sensual voz.

YO:    -"¡Hola!, veo que sabes de masajes y la verdad es que necesito que vengas a mi habitación y me des uno muy bueno..... No, espera, en realidad lo que quiero es ¡sexo!  Tengo ganas de  tener una larga sesión de sexo salvaje pero ¡ya! Estoy hablando en serio, deseo que dure toda la noche y estoy dispuesto a participar en cualquier cosa..... si eso tiene un nombre que puedas pronunicar ¡yo puedo hacerlo! Trae toda clase de implementos, accesorior y juguetes para te asegures que me mantendré despierto ¡toooda la nocha.....!  Quiero que me amarres, inmovilices y que me llenes el cuerpo con lo que quieras, para después limpiárnoslo uno al otro.....¿qué te parece...?"

ELLA:  -"Pues la verdad suena fantástico..... pero señor, para hacer llamadas externas primero necesita marcar el 9..."

(Es un chiste)

17.3.10

CRÓNICAS DE UN VIAJERO (PARTE 4... y creo final)

...Una plaza, un kiosco y mucha gente, elementos indispensables en jardines, paseos o alameda central de prácticamente cualquier ciudad, cada kiosco tiene una particularidad, ninguno es igual a otro, parecen las huellas dactilares de cada poblado, la identificación personal, son representativos de cada lugar ya que no se encuentran dos iguales en todo el país pero, el ver asomar la cabeza de un ratón entre la hierba del “parque” central sigue siendo una experiencia insólita para el viajero despistado (su servidor). Estos bichos, franca y personalmente ¡¡horrendos!! Enseñan el hocico con la tranquilidad de aquel que se sabe “dueño” del lugar o del inquilino que ya ha pagado hace muchos años el derecho por su vivienda. Estas plagas pasean y campan a sus anchas por la urbe y los paseantes habituales simplemente giran la cabeza cuando escuchan el sonido inconfundible del rastreo. Así vive la gente, sin complicaciones y con preocupaciones más importantes que un roedor curioso, en mi ciudad los roedores no se dan el lujo de mostrarse, huyen, se esconden y hacen el menor ruido posible, ciudades tan diferentes; aquí son calles empedradas que desembocan directamente en el parque, allá de donde vengo las calles pavimentadas y la fachada de la catedral, son un zoco caótico y agobiante, las cuerdas que aguantan los plásticos que sirven de techo, penden de cualquier farol, poste o de cualquier persiana metálica en los muros. Pasear por allí no es fácil, y menos cuando los propios vendedores, en un alarde de contradictoria mercadotecnia, impiden el avance de los potenciales compradores, sentados en taburetes en medio de las aceras y platicando entre ellos, con la confianza que dan varios años de ver cada mañana los mismos rostros y gestos. Todo está en venta: juguetes de plástico, ropa de segunda mano, aparatos de radio, cuchillos, DVD piratas (allá no hay top mantas: jamás hay que recoger el material cuando llega la policía porque la piratería no es delito. O mejor dicho: los piratas pagan mordidas por serlo, lo que los convierte en individuos respetables). Y siempre hay alguien que parece salido de una película de terror.
Triste realidad que me invita a desear no irme de aquí nunca más, de viajar constantemente sin parar, buscando cualquier pretexto para no regresar allá, de donde vengo. Imágenes burdas y explicitas de la carencia de respeto y convivencia entre las personas que caminan por las calles de la ciudad todos los días, convivencia y respeto que aquí en este “pueblo” hace alarde todos los días desde el primer –buenos días- profesado a cualquier rostro, aquí no hay extraños, no hay blancos o negros, gordos o flacos, si hay pobres, de hecho muchos pobres, casi no hay ricos, pero la singularidad que todos comparten; es que somos personas igualmente valiosas.

No sé cuánto tiempo me perdí entre pensamientos y tristes comparaciones, antes de continuar con mi camino, tampoco sé como volví pero retome la oportunidad de seguir aprendiendo, llegue a un “cine”, de esos de los que ya no existen en la ciudad de México: cine de barrio sin comodidades ni aderezos, casi un garaje con gradas y un retazo enorme de tela enfrente, baratísimo por cierto, me atreví a entrar ya que afuera el cielo manifestaba un diluvio no anunciado, ni esperado. Me encontraba sin un paraguas y aunque ese no es pretexto no me quise arriesgar a la aventura de seguir caminando, realmente me gusta salir a empaparme de vida cuando llueve, solo que esta vez si me mojaba, el equipo fotográfico pagaría las consecuencias de aquel capricho arraigado desde niño, sin prisas ni problemas, sabía que sólo tenía que esperar hasta que la tormenta escampara apretujado entre el resto de espectadores que tampoco llevaban paraguas, ¿para qué llevarlo? Podría jurar que en todo Centro y Sudamérica nadie lleva uno nunca: el tiempo es tan imprevisible que llevar uno permanentemente sería demasiado engorroso.

Observaba ansioso la lluvia incitándome a perderme nuevamente en pensamientos burdos e imágenes gastadas a tris de caer en pacifica catarsis, causada por ese juego de pensamientos e imágenes que invaden mi cabeza cuando sin quererlo dadas las circunstancias obtengo un “break mental”. Y entonces apareció aquel hombre, fornido, con cara de sádico perverso, encías siempre visibles y palmetazos en mi espalda. Me asuste y al instante adopte la actitud defensiva, pensando que tanta familiaridad sólo puede ser una evidencia del robo que se va a perpetrar a continuación, intenté no hacerle mucho caso pero tampoco podía escapar, atrapado entre la calle que ya parecía un arroyo y el resto de cinéfilos que se agolpaban a mi alrededor. Me preguntó lo evidente, ante mi aspecto de blanca tez y mi acento “cantadito”: que de dónde era -"ah, Chilango!!"-, que si andaba sólo por ahí -"no, me espera mi familia numerosa al otro lado de la calle"-, (le iba a decir, no fuera a ser que mi soledad se convirtiera en otro aliciente para el crimen), que si tenía cinco minutos para escuchar algo que quería comentarme ("sólo cinco, y además estaba lloviendo"). Sin duda estaba acorralado, así que sin mejor opción hice ademán de prestarle atención mientras me palpaba los bolsillos, por si acaso. En seguida me pidió prestado un bolígrafo y en un papel anotó seis cifras: 1,959.248 - 1,497.508 - 1,504.750 - 1, 964.375 - 1,504.783 y 1.972.550. Precedido de ese mar de números me preguntó cuál era la superficie en kilómetros cuadrados de mi país. Pensé que alguien le había hecho la misma pregunta a él, o quizás fuera un profesor que lo examinó, y ahora había encontrado la posibilidad de resolver el enigma: ¡estaba ante un fulano, que seguro que sabía con exactitud la superficie de su propio país! Miré ya con cierta atención los números y, como es de suponer, no tenía ni idea de cuál era la contestación a semejante arbitrariedad, mucho menos a la salida de un cine, frente a un chaparrón, con ganas de llegar al hotel y ponerme a leer un libro.

Pero tenía la vaga certeza de que la cifra comenzaba por 1,9 y algo (quizá una chispa alojada en mi cerebro desde tiempos de la secundaria) así que le dije eso, que podía ser cualquiera de los tres últimos números. Y ahí comenzó el baile: atropelladamente, fue contando que la cifra buena era la primera, pero que había que añadirle los 5,127 kilómetros cuadrados de superficie insular, lo que nos llevaba a la perversa y cabal cifra final de 1,964.375…

El silencio, mi silencio; al parecer dejo complacido al desinhibido interlocutor, aproveche el barullo que provocó la caída de agua sobre algunas personas, y me quede pensando ensimismado, después de un boom de imágenes y recuerdos y el temor que causo en mí aquel extraño que se acerco sin que lo llamara y que en mi ciudad una actitud similar sería sinónimo de problemas; ¿Quién te llamo, quien te dijo que me interesaría hablar respecto a la superficie del territorio nacional? estoy a mas de 900 kilómetros de distancia del mundo vil y sucio en el que vivo, creyendo a ciencia cierta que jamás me encontraría por aquí alguien a quien conozca o le interese ni un centímetro el territorio donde vivimos y para rematar con el irónico sarcasmo; saliendo de ver una mala película, con roedores asomando sus hocicos por el pasto al más leve requiebro. Y Tú gañán, con tu más histriónica sonrisa, me entregas el papel con aquellos números perversos y te difuminas entre la brisa y las paredes envejecidas del centro, calle abajo, sin decir nada mas, te desapareces entre la lluvia y la escaza luz de las calles de Chiapas…
Desde aquellos días, conservo el papel, pensando en aquel fanático del dadaísmo pudiendo asomar su nariz, impertérrito, en cualquier esquina, despachando de manera furtiva, gratuita y sobre todo fortuita a cualquier atolondrado viajero, chilango o extranjero; papelitos de “cultura general” y sapiencia obligatoria para recordarnos que; nadie se hace más grande por el conocimiento encontrado, el conocimiento como el amor son las únicas cosas intangibles que más CRECEN cuando se comparten y a su vez éstos carecen de valor cuando no son llevados a la práctica...

16.3.10

CRÓNICAS DE UN VIAJERO (PARTE 3)

... Uno avanza a través de aquellos parajes y se repite constantemente las mismas preguntas; ¿Por qué ellos? ¿Por qué aquí? La imagen de odio, repudio y a la vez olvido e indiferencia son aquellas milpas destruidas, aquellos animales flacuchos y enclenques, las ropas harapientas que contrastan irónicamente con la hermosura, quietud e inmensa riqueza de los paisajes de aquellas tierras. Sigo caminando a lado de un grupo de mujeres y niños, me deslizo cuidadoso por el agresivo camino cerca del río, hoy son puras piedras y cuatro días atrás una remansa de lodo y agua.

Al entrar en uno de los campos sembrados, se avistan desde lejos las mazorcas marrones, completamente secas: basta con acercarse e ir desgranando cada planta, abriendo cada elote para comprobar que el maíz ya no servirá ni para hacer harina con que engordar al ganado. Uno tras otro, los campos han quedado arrasados por efecto de una torrencial tormenta, pues el agua se estancó por varios días en cada milpa y la humedad destruyó completamente las cosechas. Ya todo es irremediable, pero aquí las sonrisas y las resignaciones se combinan para echarle ánimo al asunto y pensar ya en cómo se podrá alimentar a la familia hasta la próxima oportunidad de siembra.

Los cuadernos de los niños y sus zapatos se compran con el excedente de la cosecha, pero ahora es diferente; habrá que inventarse otra manera de conseguirlos. Y hasta la próxima tormenta: el desborde del río rompió los diques naturales y acaba de formarse un lago artificial que no sale en los mapas y que no se secará probablemente jamás: los niños ya se bañan ahí y la diversión y los gritos de entusiasmo tras cada chapuzón resisten cualquier intento de desánimo.

Esa actitud esta en los niños, inflexibles a las penurias de los estragos causados por las inundaciones. Pero la actitud de la llamada “gente grande”, la que aporta los pocos pesos que puede conseguir en una jornada completa de trabajo para la subsistencia de la casa es diferente.


¿En dónde está la ayuda?, dos días antes de la visita de la Gobernadora, todavía no ha llegado nada. Los cooperantes se mueven con nerviosismo, la seguridad del Estado tiembla y el regidor es un rostro furioso y desencajado.

-¿Pero dónde están los cobertores que tiene que entregar la Gobernadora?
-Se los llevaron las cámaras vecinales, para repartirlos antes.
-¡Pues que compren más!

Cuando llega esa caravana de autos lujosos color negro seguidos por un vehículo “oficial” descienden trajes y corbatas oscuras. En el centro se observa un vestido y un peinado que avanzan, los mismos que dos horas después estarán repartiendo cobertores entre la comunidad campesina, con una risa fingida y exageradas adulaciones.

- Estamos con ustedes, haremos todo lo posible por restablecer el orden y apoyaremos a todos los afectados, estoy con ustedes… no se olviden de quien les extendió la mano tras esta crisis, a la hora de votar!!

La gente se agolpa a su alrededor, un niño con libreta en mano grita con fuerza; "¡Gobernadora, Gobernadora!" mientras con los dedos hace la seña del que firma algo. La tal “Gobernadora” levanta los hombros y hace como que no entiende. -"¡Gobernadora, Gobernadora!"-, insiste la criatura reclamando su autógrafo. Los matones que la guardan le impiden con sus cuerpos que avance hacia la multitud, y Ella sigue haciendo gestos de incomprensión, con la sonrisa puesta.

-¡Come mierda, hijaeputa!- Y el niño desaparece bajo las piernas de los adultos, mientras los hombres de negro se llevan a su protegida en volandas hacia otros colchones más confortables.

Patética e irónica realidad, pienso, al mismo tiempo que escucho; -esa gente cree que con un cobertor se solucionaran nuestros problemas-, Don Gabino se llama aquel aportador de la historia y sentencia exacta, memoria cautiva. Le escuché sentado en un pedregal frente a su casa después de presentarme (escuchar hablar a un anciano, es como escuchar un libro, un diario que contiene la verdad, los hechos exactos de las cosas, escuchar a un anciano, son de las cosas que más me apasionan y nutren mi alma), él apoyado en el marco de la puerta. Tras las paredes de adobe veo el movimiento familiar que no se detiene, la olla en el fuego de leña.

Cuenta que en aquel caserío llegaron soldados allá por los años 90 y acribillaron a cuanta persona se puso por delante, hombres, mujeres, niños… -hasta fetos- decía, Don Lucio tuvo que enterrar a seis criaturas abiertas en canal, y a una mujer embarazada con la barriga cosida. Con la brutalidad de aquel que ha visto demasiadas brutalidades, dijo que jamás se imaginó volver a comer carne de cerdo, porque eso es lo que vio: carne desparramada, no pudo ver personas ni reconoció o no quiso reconocer a nadie. Derrama un par de lágrimas y sede a un silencio lúgubre en honor de sus hermanos. Pero de vez en cuando bromea, es así como puede sobrevivir al desastre. Yo estoy maravillado ante eminente persona, su relato me vuelve parte de sus alegrías y tristezas, lloro lo que él llora, lamento lo que el lamenta y me divierte lo que me parece prudente. Aquel viejo roble, sabio, sólo tiene dos dientes en la mandíbula inferior, su barbilla es escasa y cana, y lleva unas botas que muestran los dedos de los pies. Su voz llenando la tarde, miro de nuevo hacia el interior de la casa y ahora observo una muchacha descalza sentada en una hamaca que tiene un libro entre las manos. También observo que sus labios van deletreando cada palabra y moviéndose al ritmo de la lectura, de cada frase que va cobrando sentido. No aparta los ojos del libro y yo la sigo mirando por un buen rato, intentando meterme en esa ficción suya que ya, a estas alturas del viaje, se hace tan necesaria ante la realidad desbordante que me inquieta y me supera a cada minuto...

Continuará...

12.3.10

CRÓNICAS DE UN VIAJERO (PARTE 2)

...”El camino de la redención engrandece tu corazón”.

La frase de aquel rótulo sentenciaba así, yo podría cambiar una y otra vez todos los elementos de la frase y el resultado sería el mismo para mí.

En otro portal, con grandes caracteres, leí las palabras “policías asesinos” al lado de versículos bíblicos escogidos y de los horarios del culto. “Son policías asesinos” –decía-, mientras justo al lado del portón acusador se lavan carros y enfrente se venden mecates para colgar hamacas. Todo a tres cuadras del lugar exacto en donde, 13 años atrás, caían Paisanos bajo las balas y los machetes de sicarios a sueldo del ejército. La pinta del muro es otra, bien distinta: "Pobres hermanos gloriosos, asesinados a sueldo, a dólar, a divisa. Como Jesús, por orden del Imperio".

Atravieso la puerta enrejada y el paseo de acceso al “Hospital” regional se me ofrece como un apacible lugar de sombra y silencio, con leves revoloteos de palomas y de zanates aunado a la escasa concurrencia. Una familia completa descansa sobre bancales de piedra, mirándose entre sí y hablando con voz muy suave: me observan cuando paso por su lado y me siento a pocos pasos, en otro poyo de piedra sin labrar. Algún enfermo, pienso, alguien entre ellos que habrá salido a pasear por este pequeño jardín y que en esta mañana soleada comparte su apego a la vida con los suyos. Los niños no juegan aquí: todo es tan sensible que se disfrazan de adultos, participan de la reunión para demostrar su vínculo solidario y su probable empacho de estupideces. En este sitio no hay que hacer nuevas cruzadas, basta una palabra de afecto y una mano que acaricia. Me levanto para no interferir en la escena y me planto en la puerta de la capilla: desde aquí salieron los disparos en 1995, con la puntería del asesino que se cree ya mítico y que está a punto de pasar a la historia.

Pero se equivocó: la historia cayó desplomada al fondo, ante el altar, y el individuo entró de nuevo al vehículo y huyó, por este paseo silencioso (cómo resuena el chirrido de las ruedas en mi cabeza, un sablazo cruel) sablazos como los que lanzaron aquellos sicarios cobardes contra mujeres embarazadas y niños pequeños que se encontraban rezando en este mismo lugar hace 13 años y no conformes con tal crueldad, enfermos de sangre y estupidez, propiciaron cortes a los vientres maternos y extrajeron fetos para “asegurarse” de que no quedara “indio” vivo aquella tarde. No puedo contener las lágrimas ante esas imágenes difusas que laceran mi corazón y mi alma vuelta cientos de pedazos, cada pedazo en unión y comunión por aquellas inocentes personas asesinadas y las familias de cada una de ellas, de “Las abejas” en aquel diciembre de 1997. Lanzo una versión personal de lo que se conoce como oración en homenaje a las víctimas y salgo de aquel lugar, embriagado de impotencia y rebeldía… necesito calmarme, necesito volver a sonreír.

Camino y llego al mercado del pueblo, toda una expresión de color, una fértil maraña de gritos y olores de frutas frescas. Contrastes tan intensos: a veces no hace falta caminar para meterse en realidades opuestas, para probar las mil caras de este territorio que se mueve en sentido estricto (hay sismos bastante regulares cada año) y figurado, en un sentido casi metafórico. Estas mujeres que venden telas, semillas, flores y pequeños “marquitos” (así les llamo Yo), y que aguantan a su hijo en las caderas o sobre el pecho mamando y que cuando aprende a caminar se les escapa mientras atienden a los clientes y deben ir a buscarlo por el pasillo con los pesos en una mano y en la otra la mercancía, que tienen el almuerzo en un plato de plástico y la bebida en una bolsa con pajilla, que van a preparar la cena cuando terminen de cerrar el puesto de venta. La representación cruda y sin censura de la mujer chiapaneca, el orgullo indígena de esa región y de todas las regiones indígenas de nuestro hermoso País, me hace recordar las palabras gloriosas e inermes de la Comandanta Esther ante el Congreso de la Unión en donde hablaría de la situación de la mujer indígena y pondría el dedo en la llaga de la deuda histórica que como nación se tiene para con los pueblos indígenas:

Mi nombre es Esther, pero eso no importa ahora. Soy zapatista, pero eso tampoco importa en este momento. Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora.

Las armas zapatistas no suplirán a las armas gubernamentales.

Cuando se reconozcan constitucionalmente los derechos y la cultura indígenas, la ley empezará a unir su hora a la hora de los pueblos indios. Los legisladores que hoy nos abren puerta y corazón tendrán entonces la satisfacción del deber cumplido. Y eso no se mide en cantidad de dinero, pero sí en dignidad. Entonces, ese día, los millones de mexicanos y mexicanas y de otros países sabrán que todos los sufrimientos que han tenido en estos días y en los que vienen no fueron en vano.

Señoras y señores legisladoras y legisladores: Soy una mujer indígena y zapatista. Por mi voz hablaron no sólo los cientos de miles de zapatistas del sureste mexicano, también hablaron millones de indígenas de todo el país y la mayoría del pueblo mexicano. Mi voz no faltó al respeto a nadie, pero tampoco vino a pedir limosnas. Mi voz vino a pedir justicia, libertad y democracia para los pueblos indios. Mi voz demandó y demanda reconocimiento constitucional de nuestros derechos y nuestra cultura. Y voy a terminar mi palabra con un grito con el que todas y todos ustedes, los que están y los que no están, van a estar de acuerdo: ¡Con los pueblos indios! ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!”...

Cuantos sentimientos encontrados bombardean mi ser en estas tierras llenas de magia, hermosura y a la vez denigración y maltrato.
Estas mujeres, son la esencia y el suplicio permanente de este movimiento que no cesa, que sólo se va deteniendo al anochecer pero nunca del todo: la oscuridad que aprovechan los perros para hurgar en la basura es sólo la antesala de un despertar temprano igualmente estruendoso, que arranca cada día con igual ímpetu sin importar las ganas ni el desaliento. Cuántos psicólogos deberían pasear por aquí: ¿quién dijo depresión?

Uno sale de estos mercados reanimado, casi gritando el nombre de las frutas y verduras por pura empatía y empujado a la dinámica del hacer, del trabajar, del no parar. Mientras voy pisando restos vegetales y charcos embarrados por el agua y los meados, me aferro al ansia del escalador que está a punto de llegar a alguna cumbre, del sediento que ya otea el oasis a poca distancia: al ansia del que tiene lo real al alcance de la mano y está a punto de acariciarlo (como el niño a su abuelo, la vendedora a su hijo), y que tiene miedo de perderlo de vista y quedarse sin cima, sin agua y ajeno al acontecer de este mundo tan verdadero, sin mano en la mejilla...

Continuará…

28.2.10

CRÓNICAS DE UN VIAJERO (PARTE 1)

Una vez que entendí el sentido de viajar, salí inmediatamente…

He vagado buscando pretextos para seguir andando, cada tramo de un camino recorrido, me presenta motivos nuevos, caminando, manejando mi auto, en autobús o volando, cualquier medio tiene sus bondades;

Caminando: uno se enfrenta cara a cara con el medio, un día soleado es fatigante, un día frío y nublado es determinante, un día lluvioso, sin duda es emocionante, cámara en mano y el ojo “pelao”, para capturar ese instante imperceptible al ojo que anda por andar, imperceptible para el ojo que anda para llegar a tiempo, imperceptible también para el ojo que sólo admira su propio ser, pero, el ojo “pelao”, el ojo de su servidor; es el que anda al acecho, atento a cada movimiento de un árbol, el aleteo del pájaro, la caída del sol al atardecer.

Manejando: la comodidad es mayor, las distancias que se pueden recorrer también son mayores, y aunque el ojo “pelao” pierde campo de visión, uno se puede dar el lujo de detenerse sobre el camino y capturar aquel momento que pretendía escabullirse como centella…

Permíteme contarte mi viaje más reciente, fue mágico y revelador, recuerdo que “ese día” me encontraba en casa de mis padres tirado en el sofá frente al televisor, mi estado era deprimente, no me había bañado en más de dos días y no me había afeitado en más de dos… semanas, el catálogo de canales que presentaba el servicio de tv de paga no satisfizo mi necesidad de aprovechar lo que restaba de esos tres días de descanso que me había “obsequiado” la ley federal del trabajo. Era viernes, la noche comenzaba a madurar (21:15pm) y mis ganas de no pensar en aquella “Mujer Incomparable” comenzaban a flaquear.

Necesitaba una respuesta, una señal, algo que me impidiera claudicar ante mis sueños reprimidos de estar con ella, tomé las llaves del carro, me despedí de mis padres y así, sin rumbo fijo me entregu{é a la tarea de manejar, no pienses nada, no pienses “a dónde vas” sólo conduce, conduce hasta que una capa densa de niebla te envuelva…

Mis deseos fueron órdenes (02:30am)...

Conducir rodeado de una espesa manta de niebla es una experiencia próxima al desasosiego, a la pérdida de identidad y la cordura. Al decir manta, me refiero a una especie de capa de tela gorda que a través de ella no deja ver ni la propia textura del tejido. Recuerdo muy bien aquella vez que me di a la aventura de manejar y llegar a ese lugar que no conocía, pero prometía ser hermoso, los faros iluminaban el blanco perpetuo y avanzaba hacia la nada, pegado al supuesto límite del asfalto para seguir las malas hierbas que eran lo único que podía distinguirse por la ventanilla lateral. A menos de 15kms/hora y las “intermitentes” encendidas. Noventa interminables minutos de ausencia, de perfecta soledad dentro del vehículo y sin alrededores visibles. Los árboles, la niebla, la hierba y yo, únicos seres vivos visibles del descenso hacia la sierra de Oaxaca. Jamás había estado en este trance, desprotegido y débil frente a la durísima Naturaleza, impasible y con una contundencia que uno recibe como puñetazo en el estómago, inerme ante lo real. Después, la lluvia intensa y la desorientación definitiva hasta que todo escampó: la tela de niebla se deshilachaba como jirones al viento y la realidad se iba pintando ante mí. Las casas, las bombillas de los porches, el aliento de la vida. Cuesta abajo, mis noventa minutos de inexistencia los interpreté como los del viajero que se desplaza al lugar más remoto no para conocer ruinas y palmeras, sino justamente para deshacerse de su identidad y no ser reconocido por nadie, para pasear sin ser visto (los ojos que te miran y no interpretan, que no te distinguen).

Después de 6 horas de conducir, necesitaba descansar, el sueño me vencía y comencé a buscar posada, el hotel era como deberían ser siempre los hoteles: viejas construcciones que antaño tuvieron sus horas de esplendor y que han venido a menos, habitaciones ya destartaladas no tanto por el uso como por la falta de mantenimiento. Las paredes se van manchando de ese moho provocado por la humedad de tantos años en pie, el agua de los grifos brota salpicándolo todo, hay bombillas que ya no encienden. Y los sofás: esos espacios de tela rajada pero que (¡milagro!) conservan plenamente su comodidad. Me desparramo en ellos y miro por la rejilla de la mosquitera rota del ventanal: enfrente, una piscina de agua turbia colecciona hojas y ramas de todas las especies vegetales depositadas ahí por él travieso viento del norte. Por el momento estoy en el lugar indicado, solo, reflexivo y dispuesto a aprender lo que ese viaje o escape me tienen preparado.

Entonces, abro un libro sobre mis piernas y leo, al momento en que de la recepción del hotel empieza a sonar una pieza musical inconfundible (fragmentos del “Réquiem” de Mozart, lacrimosa, que ya escuché estremecido entre la niebla), y el silencio es el de la noche, las cigarras y los grillos. Estos son los hoteles que me gustan: se aparecen a la orilla de cualquier carretera secundaria (me gusta irme por “la libre”) y me cuentan historias muy antiguas, de las que ya nadie guarda memoria. Después, en la cama, siguen las notas y entra el sueño narcotizado, sintiendo el lento desgaste de cada célula del cuerpo y su evaporación: me duermo pidiendo que llegue muy tarde el futuro por favor…

Los primeros rayos del amanecer, el alba en la que definitivamente habré vencido toda la mediocridad de mi cutre existencia...

Comienzo el día en ese nuevo lugar, el sol me da la bienvenida tras la espesa niebla que envuelve mágicamente la región, frijoles molidos, tortillas hechas a mano, huevos fritos con tomate, queso salado, café con leche: ¿¿y decían que el paraíso estaba en la otra esquina??. ¡En esta, caramba, está en esta misma!

Hay un perro flaco estirado debajo de mi silla y de vez en cuando me echa el ojo por si le lanzo algún pedazo de comida, pero su ojo está casi cerrado, mira desapasionadamente y su calma, me recuerda que el camino hacia “ninguna parte” es muy largo. Cuando salgo con la camioneta y observo hacia atrás por el espejo, veo el rótulo caído del hotel y el perro husmeando las migas del banquete. No quiero irme todavía pero hay mucho camino por delante, quiero persistir en estas horas detenidas, muy cansadas, que transcurren lentamente: hay un perpetuo deseo de huida y otro paralelo de no avanzar, de enterrarme aquí, huesos y carne bajo la tierra, y un perro flaco husmeando encima, como quien busca por instinto y no por amor a su amo perdido…

Continuará…